Ocurrió en la India bajo dominio británico, en el norte de África bajo administración francesa y española, y en Etiopía bajo ocupación italiana. Tropas indígenas, las llamaban.
España creó oficialmente el Cuerpo de Regulares el 30 de junio de 1911. Fuerzas Regulares Indígenas de Melilla fue su primer nombre. Mando español, tropa local: la fórmula clásica de la seguridad colonial. Fue también una de las primeras experiencias modernas de tropa profesional/mercenaria en el Ejército español, respuesta al rechazo social que provocaba el envío de soldados de reemplazo a las guerras coloniales de Marruecos, especialmente entre quienes no podían pagar la redención en metálico ni costear un sustituto.
Luego llegó la Legión, en 1920. Tercio de Extranjeros se llamó inicialmente: alistamiento voluntario, sin preguntar origen nacional ni antecedentes penales, se decía.
Era, en apariencia, una solución brillante: subcontratar al colonizado la seguridad del sistema colonial.
La brillantez tenía matices. A veces esos cuerpos acabaron siendo utilizados también contra compatriotas incómodos del propio colonizador.
Israel ha buscado durante décadas algo parecido con la Autoridad Nacional Palestina: hacerla responsable de parte de la seguridad interior de los territorios ocupados, pero sin renunciar nunca al control último del dispositivo. El planteamiento era, además, irreal: ocupante y ocupado comparten territorio, frontera, dependencia y conflicto.
Tras ochenta años de protectorado norteamericano sobre Europa, el símil de esta columna empieza a funcionar con el improbable ejército europeo, o con la simple suma de los veintisiete ejércitos nacionales.
Un marciano que aterrizara hoy en la Tierra —o un historiador que nos observara dentro de unas décadas— probablemente concluiría que la Europa de 2026 mantiene una relación de dependencia militar estructural respecto de Estados Unidos: decenas de miles de soldados norteamericanos, bases estratégicas (de Groenlandia a Cádiz), mando integrado y una soberanía defensiva compartida, cuando no delegada.
La dependencia no nació ayer. Puede rastrearse desde los primeros pasos de la integración europea: la fallida Comunidad Europea de Defensa de 1952, la CEE de 1957 (ambas alentadas por EE.UU.) y, como paraguas de todo, el orden atlántico construido después de la Segunda Guerra Mundial.
En ese sentido tiene lógica la progresiva disminución de la presencia militar norteamericana en Europa. Lo sorprendente es que todavía se mantenga en esos niveles.
Tamaña presencia no se entiende solo por altruismo estratégico. Responde también al interés del foráneo, que puede coincidir parcialmente con los deseos de seguridad de quien ha cedido parte de su soberanía.
EE. UU. tiene una costa en el Pacífico y una orientación asiática de la que Europa carece. China concentra el interés norteamericano a corto, medio y largo plazo y le conviene liberar recursos en Europa.
‘Que de Rusia se encarguen los europeos’, parece decir hoy el aliado americano, siempre que la decisión última siga pasando por Washington. Tropas indígenas, mando norteamericano.
La historia enseña que el colonizado colabora temporalmente, a menudo por razones económicas o de supervivencia, pero rara vez con entusiasmo. Antes o después acaba preguntándose si la inseguridad que debe corregir no está causada precisamente por la ocupación.
Ahí aparece la autonomía estratégica europea, expresión consolidada en la Estrategia Global para la Política Exterior y de Seguridad de la Unión Europea presentada por Federica Mogherini en 2016: año del Bréxit, del primer Trump y de la resaca de la crisis financiera.
Hoy se habla ya sin demasiados tapujos del protectorado militar norteamericano sobre Europa. La expresión puede parecer excesiva, pero señala una realidad incómoda: seguidismo, dependencia tecnológica, falta de autonomía real en decisiones esenciales.
Todo ello ocurre en un escenario marcado por la invasión rusa de Ucrania en 2022, con el precedente de la anexión de Crimea en 2014 y la crisis política abierta tras el Maidán y lo que se pareció mucho a un golpe de Estado. Es un conflicto en el que Europa apenas ha mostrado un criterio propio diferenciado del de Estados Unidos antes de Trump II, y se ha encontrado defendiendo una tesis de la que su principal patrocinador parece dispuesto a retirarse.
Sin negar la responsabilidad directa de Rusia en la invasión, Ucrania es un conflicto menos europeo en su origen de lo que sugiere la geografía. La constante expansión al Este de la OTAN, alentada desde Washington, forma parte del contexto estratégico que no puede ignorarse.
Dejemos el colonialismo, hoy parte de la historia —aunque no sus consecuencias— salvo en la Palestina histórica.
El gran reto de la defensa europea consiste ahora en orientarla de forma prioritaria hacia intereses europeos, que en parte pueden coincidir con los de EE. UU., pero claramente no siempre: ni en la vecindad con Rusia ni en Oriente Próximo y Medio.
Orientarse viene de Oriente: encontrar el Este, buscar la salida del sol, reconocer la propia ubicación.
Tal vez haya llegado el momento de mirar hacia nuestro propio Este —Europa oriental, el Mediterráneo, Oriente Próximo— y decidir desde ahí qué intereses son verdaderamente europeos.
La coyuntura nos empuja a hacerlo.

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