viernes, 12 de junio de 2026

Desinformación sin fronteras y sin excusas

La politóloga manchega Máriam Martínez Bascuñán observaba recientemente en un acto público que don Quijote ampliaba la realidad encontrando gigantes donde había molinos; y que en estos tiempos parecemos haber perfeccionado el mecanismo contrario: vemos molinos cuando miramos gigantes. Hay mucho de desinformación en este error de percepción, mucha campaña de elaboración y difusión de contenidos averiados, mucho interesado en sacar provecho económico o político —o ambos— de una visión equivocada de la realidad.

Coincide la lectura de su último libro, El fin del mundo común, en el que reflexiona desde el pensamiento de Hannah Arendt para analizar la era de la posverdad y la crisis de la democracia, con los Trabajos del Foro contra las Campañas de Desinformación, publicados recientemente por el Departamento de Seguridad Nacional (Presidencia del Gobierno, Moncloa). Dos acercamientos muy distintos —desde la filosofía política y desde la seguridad— a un mismo problema.

Los responsables de seguridad nacional parecen cada vez más preocupados por la desinformación. La Unión Europea, la OTAN, los gobiernos nacionales y numerosos organismos internacionales acumulan estrategias, grupos de trabajo, observatorios y nuevos conceptos para enfrentarse a ella. La publicación de los Trabajos del Foro contra las Campañas de Desinformación refleja esta preocupación concreta, que sitúa en el denominado —algo pomposamente— ámbito cognitivo el quinto dominio operativo, que se suma a los clásicos tierra, mar, aire/espacio, a los que ya se había añadido el ámbito digital.

Desde el punto de vista de la seguridad, la información se ha convertido en un terreno de competición estratégica. Los Estados, las organizaciones internacionales y los servicios de inteligencia observan con inquietud cómo las redes sociales, las plataformas digitales y la inteligencia artificial permiten influir -al menos potencialmente- a una velocidad y escala desconocidas hasta hace pocos años. El Departamento de Seguridad Nacional viene elaborando informes y estrategias que conforman ya un corpus importante, se encuentra elaborando una estrategia específica sobre desinformación —cuyo proceso se anunció a comienzos de 2025— y desde hace un lustro cuenta con un amplio grupo de trabajo externo sobre este tema. Todo merece una atenta lectura, por lo que dice y también por lo que deja fuera.

El informe abandona la simplificación de las llamadas fake news para centrarse en fenómenos más complejos: operaciones de influencia, manipulación informativa, coordinación de actores y amenazas híbridas. Incorpora también conceptos desarrollados en el ámbito europeo y atlántico, especialmente el novedoso FIMI (Foreign Information Manipulation and Interference), herramienta para identificar campañas de manipulación e interferencia impulsadas por actores extranjeros. Se ha trasladado el foco desde los contenidos a los actores, estrategias y objetivos; preocupa más el quién que el qué.

El quinto dominio y sus fantasmas

La seguridad tiene una enorme capacidad para ordenar la realidad. Identifica amenazas, actores, capacidades y vulnerabilidades. Permite movilizar recursos y coordinar instituciones. Pero también tiene una tendencia a interpretar problemas muy distintos a través de una misma lente. Los trabajadores de la seguridad física y militar tienden a creer que sus análisis son omnicomprensivos, y con frecuencia sufren los problemas del análisis especializado, que carece de perspectiva global.

Hay además un incentivo estructural poco disimulado. Ningún presupuesto de Defensa se justifica por la desinformación, la inflación o las pandemias que aparecen entre los miedos del ciudadano encuestado. De ahí la tendencia a buscar —y encontrar— poderosos enemigos extranjeros, peligrosas redes criminales internacionales y laboratorios asiáticos mutando virus asesinos: los grandes presupuestos deben estar en proporción al tamaño de la amenaza o de los enemigos.

El concepto FIMI es útil, pero tiene sus límites. No toda desinformación responde a una operación extranjera. En la mayor parte de las ocasiones surge de dinámicas completamente domésticas: rivalidades partidistas, sesgos ideológicos, incentivos económicos, mecanismos de viralización, debilidad financiera de los medios de comunicación. No toda narrativa engañosa nace en Moscú, Pekín o cualquier otra capital convertida en sospechosa habitual.

Resulta llamativo, por ello, que la desinformación doméstica apenas ocupe espacio en muchos de estos análisis. La atención se dirige prioritariamente hacia actores externos, mientras quedan en segundo plano las vulnerabilidades internas que hacen posible el éxito de cualquier campaña de influencia. Durante los últimos años se han difundido afirmaciones falsas, medias verdades y relatos incompatibles sobre la pandemia, el procés, la guerra de Ucrania, Gaza, la inmigración, la dana valenciana y la corrupción política, sin necesidad de remontarnos a la invasión de Irak o los atentados del 11-M.

Toda mirada ilumina unas partes de la realidad y descarta otras. El enfoque de la seguridad puede identificar amenazas y movilizar recursos, pero corre el riesgo de securitizar fenómenos que son, antes que nada, políticos, sociales o culturales, como ya ocurre con la inmigración. La desinformación puede ser una amenaza para la seguridad nacional, pero difícilmente puede reducirse a ella.

Hay otro actor apenas tratado en estos análisis: los medios de comunicación, un colaborador necesario. El periodismo profesional sigue siendo una de las mejores herramientas disponibles para verificar hechos y exigir responsabilidades, pero eso no convierte automáticamente a los medios en observadores neutrales del fenómeno. También forman parte del ecosistema en el que la información circula, se amplifica y adquiere legitimidad.

Toda campaña de influencia necesita amplificación. Entre la publicación original de un mensaje y su conversión en asunto de interés público existe una cadena de intermediarios formada por medios, comentaristas, expertos, políticos e influencers. La velocidad informativa, la competencia por la audiencia, la segmentación ideológica y la economía de la atención convierten a todos ellos en amplificadores de narrativas engañosas.

Las campañas de influencia externas o internas no operan en el vacío. Necesitan encontrar grietas previas, aprovechan fracturas que ya existen. Por eso cuesta creer que las principales amenazas para nuestras democracias puedan combatirse únicamente con instrumentos de seguridad o defensa.

En 2027 se celebran en España elecciones municipales, autonómicas y nacionales. Y sin duda, porque ya ha ocurrido, circularán campañas de desinformación muy española y poco rusa: piezas de propaganda elaborada con inteligencia artificial, encuestas falsas, candidatos que pedirán la cárcel para sus adversarios, campañas racistas mal disimuladas bajo el paraguas de la prioridad nacional; asistiremos a acusaciones de fraude electoral, porque ya las hemos conocido en las recientes convocatorias en Extremadura —hasta la presidenta en funciones denunció el robo de votos, sin que sepamos aún si influyó en su reelección—, Aragón (papeletas), Castilla y León (polémica inflada sobre DNI digital) y Andalucía (dudas sobre voto por correo).

En un ambiente de polarización, el objetivo previsible será la desmovilización, la desconfianza en el sistema y la abstención del votante adversario.

Mentiras identitarias

Los defensores del terraplanismo no pretenden convencer a nadie de la no redondez del planeta, sino sembrar dudas sobre la ciencia y la autoridad de los expertos. La desinformación no busca que confundamos realidad con ficción; busca que nos confundamos a nosotros mismos, que nos dé igual la distinción. En términos políticos eso se traduce en indiferencia y abstención. La participación en estas campañas tiene además un componente identitario nada desdeñable: la pertenencia a un grupo que se enfrenta a las verdades acuñadas, a la autoridad convencional. Por eso resulta insuficiente el fact-checking como respuesta única: no se puede verificar una identidad. No se convence a un terraplanista con fotografías de la Tierra.

Algunas personas no creen determinadas cosas porque sean ciertas, sino porque las comparte su grupo, porque confirman una visión previa del mundo, porque permiten distinguir entre los nuestros y los otros.

Martínez-Bascuñán lo formula con precisión: el problema de las posverdades y los hechos alternativos no es que eliminen la verdad —al fin y al cabo, la verdad no es un valor absoluto en política—, sino que acaban con el mundo común que venía permitiendo la deliberación democrática. No habitan en el terreno del conocimiento, sino en el del conflicto social y político.

Nos recuerda que Hannah Arendt advirtió que la libertad de opinión es una farsa cuando la información sobre los hechos no está garantizada. Sin un mínimo acuerdo sobre los hechos resulta imposible sostener una conversación pública racional. Pero también nos recordó que la política nace precisamente de la pluralidad, del contraste de opiniones y de la existencia de un mundo compartido. Ese espacio común es hoy más necesario que nunca.

Imponer una única lectura de un fenómeno —incluida la desinformación—, o restringir el debate de ideas en nombre de la seguridad o de cualquier otro bien supuestamente superior, supone renunciar a una de las principales fortalezas de las sociedades democráticas. El objetivo no debería ser reducir la discrepancia, sino preservar el lugar donde la discrepancia puede expresarse sin destruir la posibilidad de entendimiento.

Entre la verificación inmediata a corto plazo y la alfabetización mediática a largo existe un espacio inmenso que no pueden ocupar los servicios de inteligencia, los verificadores ni los especialistas en seguridad, probablemente porque no es su objetivo. Ese espacio lo ocupan el debate público, los medios de comunicación, la educación y la cultura democrática. Pero sobre todo lo ocupa cada ciudadano.

Haciendo una analogía, cada uno es responsable de su dieta alimentaria y también de su dieta informativa. Nadie decide por nosotros qué leemos, qué compartimos, a quién le damos autoridad con nuestra atención y a quién se la retiramos con nuestro voto. Los desinformadores no son sensibles a los argumentos ni a las pruebas de verificación —juegan en otro tablero, donde lo que importa no es la verdad sino la pertenencia—, pero sí son sensibles a quedarse sin audiencia, sin altavoces, sin legitimidad.

Esa es quizá la palanca más subestimada en todo este debate. No la estrategia de seguridad, no el algoritmo corrector, no la normativa europea, sino el pensamiento crítico de cada persona que decide no compartir un bulo, no alimentar una campaña de odio, no votar a quien ha hecho de la mentira un instrumento de poder.

Diagnosticar con acierto el fenómeno es el primer paso. Para ello son bienvenidos todos los esfuerzos parciales, vengan del mundo de la seguridad, del periodismo o de la filosofía política. Pero el guiso final lo cocina cada uno de nosotros.

La desinformación busca confundir. Y prospera cuando decidimos que la confusión no es nuestro problema.